Ya está la fiesta, ya se armó el Alboroto. Alboroto de los buenos. Una troupe flamenca, un cuadro circense. O viceversa. Una familia, en cualquier caso. Baile -literalmente- de altura, batas de cola que seducen al hula hoop, alegrías a cuatro manos, una acróbata que soporta un boicot mientras sube la cuerda.
El color explota, el hip hop irrumpe en mitad del pellizco, las castañuelas se metamorfosean en pelotas de malabares. La acción se sucede, se solapa, se amontona, pero el humor, la carcajada y el absurdo nunca nos abandona.
Un músico en su mundo. Una aerista manchega con alma flamenca. Una bailaora sin vértigo que no calla ni bajo agua. Una artista virtuosa y majarona. Un malabarista que nos deja sordos. Cinco personajes cincelados hasta el último detalle y una puesta en escena arrolladora, calculada para que todo sea un despiporre. Un Alboroto controlado, un ejercicio de precisión escénica, un artefacto circense, musical y flamenco que seduce, que abruma y que enamora.




