Blanco, sólido, cristalino reivindica a través de una plegaria coreográfica el presente de las cosas que se vuelven pasado con demasiada rapidez. Es una metáfora artística en torno a lo efímero y perecedero, donde los únicos elementos verdaderamente duraderos son la transformación y la resiliencia. Daniel Doña reflexiona sobre el efecto que tiene en los cuerpos y en el arte la obsolescencia y se adentra en una suerte de arqueología del desgaste como herramienta de creación que revitaliza el presente de sus estructuras vitales y artísticas.
Me interesa recuperar esos espacios donde se permite rescatar y actualizar obras de autoría que fueron concebidas en las circunstancias de otro momento y que toman cuerpo como danzas subversivas que se resignifican en un contexto actual.
Doña bucea en los orígenes de su danza y en su capacidad de generar conexiones entre los mundos de la danza española actual y lo atávico del folclore. Es un canal a través del cual recuperar lo instintivo, lo esencial, lo celebrativo y ritual de su danza, explorando los códigos coreográficos de la compañía, y convirtiendo todo lo anterior en un arma de rebelión donde la danza y la palabra se presentan como el único camino posible para continuar en movimiento.




