Kassandra está aquí. Con nosotros. No habla nuestra lengua, pero tiene nociones de inglés suficientes para hacerse entender. Nació con un cuerpo masculino, pero transformó su aspecto para ser la chica que es. Al terminar la guerra, Agamenón se la llevó como esclava a Europa. Ahora vive exiliada de su país. Sobrevive ofreciendo su cuerpo a desconocidos. Su historia no es exactamente como la narraron Esquilo y Eurípides hace miles de años. A través de un inglés precario, Kassandra, una trabajadora sexual migrante, comparte con la audiencia las facetas más trágicas de la existencia: desde ser una princesa secuestrada convertida en prostituta hasta enfrentarse a la discriminación de género por transformarse de chico a chica. Lo que se entiende, en primer lugar, es su figura, la Casandra de la mitología, condenada por Apolo a no ser creída a pesar de su don de la profecía, burlada por
sus contemporáneos y presentada como loca por la tradición griega. Sin embargo, todo eso es una mentira.
Hoy, Kassandra está en el escenario, aquí, frente a nosotros, para dejar las cosas claras. Su verdad. Víctima de todas las guerras pasadas y presentes, una princesa secuestrada convertida en prostituta por necesidad, una migrante que sobrevive vendiendo su cuerpo y cigarrillos. Un chico que se convirtió en una chica para gran pesar de su familia real. En el poco tiempo que se le da en el escenario y en la Tierra, Kassandra no tiene otra razón para existir que la de explicar su viaje desde la Troya histórica hasta nuestras ciudades contemporáneas. Sin embargo, ninguna tristeza la abruma, ningún arrepentimiento. Ni sus desgracias pasadas ni su destino, el cual sabe que es fatal, socavan su fe en la idea de que mañana será mejor que hoy.
En palabras del personaje: Life is a tragedy but… Bugs Bunny!