Va a preparar un pastel.
Todo es real: los ingredientes, el horno, el tiempo de cocción. Mientras cocina, empieza a contar —o quizá a recordar— la historia de Caperucita Roja.
Pero esta vez, el cuento no sucede en el bosque, sino entre cucharas, cazos, tarros, trapos y cuchillos. Los objetos cotidianos de la cocina se transforman en personajes, paisajes y conflictos: una tapa puede ser un lobo, un delantal un bosque, un horno una casa peligrosa.
A través de esta relectura en directo del cuento clásico, la obra se adentra en el miedo que históricamente se ha inculcado a las niñas: el miedo a salir solas, a desobedecer, a tener hambre, a desear, a equivocarse. Mientras el pastel se hornea, la historia avanza. Y cuando el pastel esté listo, algo también habrá cambiado en el relato.




